¿Dónde te ves dentro de diez años?

I

El sociólogo y profesor de la London School of Economics, Richard Sennet, asegura en su libro “La corrosión del carácter” que los trabajadores contemporáneos estamos en una situación de desamparo. Tras realizar un seguimiento por la vida de profesionales de sectores diversos –y dispersos- como la publicidad, la informática o la panadería, pudo comprobar una realidad marcada por el desamparo y la soledad ante tres desafíos: el primero es ser capaz de definirse a través de constantes mutaciones profesionales. Frente a la tradicional trayectoria vertical ascendente, ahora estamos sometidos a cambios continuos, bandazos en vertical y horizontal, cambios ascendentes y descendentes.

El segundo desafío es dar la talla en una sociedad en la que el talento ya no se valora y comprobar con incredulidad cómo algunas personas que ostentan el poder no tienen por qué ser, ni mucho menos, las más capaces y aptas para ello. Y a pesar de ser conscientes de esta situación -demasiado cotidiana, la verdad-, no hemos de cesar en la valoración de las tareas bien hechas, de la realización rigurosa, dedicada y delicada de los cometidos, del trabajo como artesanía.

En tercer lugar, buscar un espacio desde el cual mantener los vínculos con el pasado. La infancia, la cultura de nuestra juventud, de nuestro entorno social y familiar nos ayuda a anclarnos en la vida mientras la sociedad global de las nuevas tecnologías nos obliga a rupturas continuas con el pasado.

Ruiz de la Peña. I'm working in my proyect, 2006
“I’m working in my proyect”. Faustino Ruiz de la Peña, 2006.

Quienes nos encontramos ahora en plena vida laboral, ¿acabaremos sucumbiendo al desamparo o podremos motivarnos para responder a estos desafíos? Sin duda necesitaremos optimismo, creatividad y, ante todo, estar bien próximos a nuestro entorno para que los bandazos no nos dejen en el aire y siempre tengamos unos vínculos y valores de referencia.

II

Los tres retos propuestos por Richard Sennet me parecen apasionantes, pero también difíciles de alcanzar en un mundo preñado del prefijo “hiper”. Así cerramos en el siglo XX y comenzamos el XXI: hipermodernos e hipertextuales. Hipersensibles e hiperactivos. Y algunos, además, hipertensos.

Somos ligeros y flexibles, con una atención fragmentada capaz de saltar de un texto en papel a la intervención en una reunión mirando de reojo el whatsapp que acaba de hacer vibrar el móvil y preocupados por la organización del próximo día festivo en la escuela de los niños que coincide con una revisión médica y dos o tres compromisos de trabajo. Soy “multitask” dicen con una mezcla de ironía, satisfacción y resignación muchos trabajadores de la hipermodernidad. Ironía por hacen muchas tareas por el mismo precio, satisfacción por descubrir su flexibilidad y capacidad de adaptación a diferentes medios, y resignación, mucha resignación, por reconocer que el tiempo de trabajo se extiende sobre la vida como una mancha de aceite, y el agotamiento físico y mental es un duro precio a pagar por ser tan maravillosamente multitarea y 24/7 worker.

(Para los de meseta: trabajadores de 24 horas al día que hacen de todo los 7 días de la semana. Resulta curioso que a este fenómeno también se le conozca como “tiene una capacidad extraordinaria de trabajo” cuando antes se diría “trabaja como un burro”).

III

La Rochelle
Arte urbano en La Rochelle, Francia.

Una interesante propuesta para resolver la duda sobre nuestro lugar en este “multi” entorno social y laboral, podemos encontrarla también en Richard Sennett, en otra de sus obras dedicada a La cultura del nuevo capitalismo. En este ensayo, Sennett ha estudiando en profundidad la implicación de las personas con su trabajo, y defiende tres condiciones necesarias para lograr esta implicación, aunque lamenta su bloqueo en las organizaciones del nuevo capitalismo. Hablamos de crear un relato o historia de vida, sentirnos útiles y recuperar un espíritu artesanal.

Es necesario crear en primer lugar un relato sobre nuestra vida y trabajo, una narración que podría comenzar por la frase “yo soy…”, tal como recomendó Maslow. Nuestros actos no deben valorarse como conductas aisladas, sin nexo de unión, sino que han de estar conectados en una narrativa con un inicio y un desarrollo que se extienda a lo largo del tiempo, hacia el futuro.

La vida no debe ser interpretada como meras anotaciones en Twitter o en Facebook, como mensajes breves sobre los actos del presente, sino como una novela con pasado, presente y futuro, como un complejo hilo narrativo al estilo de las grandes novelas rusas. Sin embargo, resulta curioso comprobar cómo, en las entrevistas de selección de personal, algunos candidatos dudan al expresar su trayectoria pasada y muchos no saben qué responder al preguntarles dónde se ven dentro de cinco, diez o quince años. Algunos se sienten incapaces de reflexionar sobre una posible respuesta pues consideran que no depende de ellos sino de las circunstancias y otros, la mayoría, dicen no haberse planteado este tipo de cuestiones. Sin embargo, los menos, sí han elaborado la narrativa de sus propias experiencias y, como indicó un candidato al puesto de técnico de mantenimiento en la entrevista de selección: “quizás me vea en esta empresa o en otra, no sé si me ajusto al perfil que están buscando. Lo que tengo claro es que trabajaré en mantenimiento, a ser posible electromecánico. No quiero ser más ni menos. Es un trabajo muy activo, resolviendo problemas del día a día. Este es el camino que quiero seguir”. De momento el joven consiguió el empleo y trabaja en el servicio de mantenimiento de la empresa. El futuro no está escrito pero al menos el tiene un sentido de movimiento narrativo, un movimiento a largo plazo.

IV

Como recuerda el cardiólogo Valentín Fuster, que se ha adentrado en el círculo de la motivación, es necesario recuperar la reflexión como paso previo a la acción. El tiempo que dediquemos a reflexionar acabará siendo una economía del tiempo, pues nos permitirá averiguar hacia dónde podemos dirigirnos en un mundo en constante cambio. Por ello, y aunque el ruido del entorno nos impida percibir la música del camino, el Dr. Fuster nos recuerda que, sin reflexión, difícilmente habrá motivación. Y sin motivación, no podrán lograrse nuestros objetivos ni los objetivos de la sociedad de la que formamos parte. La historia, dice el director médico del Mount Sinai, nos demuestra que las personas pueden levantar hospitales, escuelas y ciudades cuando se suman esfuerzos e ilusiones, pero esto no sería posible sin la reflexión que nos llevarán a la acción. Y en estos casos, el gran aliado será el sentido de la utilidad.

Otro aspecto determinante es la utilidad, sentirse útil en el sentido de aportar algo que interese a los demás, así como la recuperación del espíritu artesanal. Como hiciera el artista ideal del siglo XIX que entregaba su vida a la plasmación de la belleza, se trata de profundizar en las tareas realizadas, en los logros de una actividad, con paciencia y exclusividad. Al igual que haría un artesano, podríamos intentar entregarnos al descubrimiento, a la minuciosidad, preocupándonos por el buen resultado de una tarea, más que por ambición, por desear hacer algo bien y creer en el valor objetivo de nuestra actividad.

Es importante que una actividad se “objetive”, que se valore por sí misma. Tal como recuerda Sennett, “este espíritu de objetivación puede hacer que trabajadores de bajo nivel, incluso no cualificados, se sientan orgullosos de su trabajo”. Como ejemplo nos recuerda que uno de sus estudiantes, Bonnie Dill, realizó una investigación en los años setenta con trabajadoras de limpieza de Harlem, en Nueva York. Era un colectivo de mujeres negras mal remuneradas y sometidas con frecuencia al acoso. Sin embargo, “al final del día, estas mujeres conseguían salvar algo de autoestima gracias a haber limpiado bien una casa, aunque rara vez se les diera las gracias por ello. La casa estaba limpia”.

P.D. Extracto y amplicación del libro Blanco, A. (2014). Las claves de la motivación. Barcelona: Ediciones B. Las referencias a Richard Sennett, corresponden a los libros La corrosión del carácter (Barcelona: Anagrama, 2006); La cultura del nuevo capitalismo (Barcelona: Anagrama, 2006, p. 93); y El artesano (Barcelona: Anagrama, 2009). Las reflexiones de Valentín Fuster sobre la voluntad y la motivación se encuentran en la obra El círculo de la motivación (Barcelona: Planeta, 2013).

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