Ángel Naval. En memoria de un saber hacer

Recuerdos de Bissau.

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Hace un tiempo pregunté al Sr. Naval, entonces presidente de Unicef en Asturias, por los trabajos que realizaba su ONG en terreno. “Llevamos tiempo colaborando con vosotros pero no conozco realmente el destino de las ayudas”. La buena relación entre ambos me permitía ser directo en un tema delicado y Ángel, más allá de sentirse molesto, sonrió con sinceridad antes de decirme que, en unos meses, iríamos a conocer el trabajo en un país en desarrollo.

No resulta fácil visitar proyectos de cooperación. Nada fácil. Pero el singular estilo de liderazgo de Ángel Naval lograba esquivar todas las objeciones de la oficina central hasta lograr su objetivo. Y en noviembre de 2012, Ángel esperaba en el aeropuerto de Ranón al ciclista Chechu Rubiera y a mí –él en calidad de embajador de buena voluntad y yo como representante de entidad colaboradora-.

Embarcábamos hacia África para conocer el trabajo de Unicef en materia de supervivencia infantil. La solución era nítida: en caso de suspicacias o preguntas sobre el destino de los fondos, visado en mano, vacunas, y rumbo al terreno.

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Caminando por las salinas secas de Mansôa
Caminando por las salinas secas de Mansôa

El país elegido fue Guinea Bissau. Un curioso destino que, en el aquel momento, se encontraba bajo el control de militares sublevados que habían tomado el poder tras las elecciones presidenciales. Sensible situación para tres asturianos que después de un intenso día de visitas a proyectos en áreas rurales, decide dar un paseo por la ciudad tomada antes de regresar al hotel a las siete de la tarde, hora recomendada por Naciones Unidas para la retirada de las calles agrietadas.

 

IMG_3912Habíamos salido de la zona de más movimiento de Bissau para acercarnos hacia el puerto. Por el camino vimos el estado ruinoso de algunos edificios gubernamentales y, de forma súbita, nos vimos envueltos en un episodio desagradable: amenazados por un adolescente y su séquito que decían vigilar la seguridad del Ministerio que queríamos fotografiar.

Portaban metralletas y miraban con deseo la cámara de Chechu. Nos pidieron mostrar las imágenes que habíamos sacado del edificio ministerial y nos recordaron la gravísima falta que habíamos cometido, falta que tendría que tener una contundente respuesta.

Exigieron nuestra documentación, las carteras, y en un portugués poco interpretable, señalaron la puerta de entrada hacia el edificio en ruinas. Al compañero deportista le temblaba la voz y a mí las piernas, pero a él, al Sr. Ángel Naval, próximo a los 70 años, la situación no lo amilanaba sino que le enfurecía. “Ustedes no saben quién soy….¡soy el presidente de UNICEF!” – respondió con aplomo señalando la tarjeta de presentación y tapando con el dedo las palabras oportunas.

El joven que mejor entendía el castellano comentó algo a sus compañeros y, antes de que éstos pudiesen responder, Ángel subrayó con lentitud que conocíamos personalmente al coordinador-de-se-gu-ri-dad de Na-cio-nes-U-ni-das en el país y al em-ba-ja-dor de Es-pa-ña. Y no mentía, pues esa misma mañana habíamos mantenido una reunión informativa con el primero y un sencillo encuentro protocolario con el segundo. Siguiendo su juego, pronto respondí: Sim, é presidente da Unicef… muito importante.

Y entonces Don Ángel recordó: Pre-si-den-te-de-U-ni-cef… mostrando con desafío su tarjeta y tapando sutilmente con el dedo pulgar las palabras “Comité de Asturias” que aparecían bajo el cargo. Hecho que resultó ser una especie de contraseña para que nos abriesen paso y señalasen con el cañón de una metralleta el camino para regresar por donde habíamos venido.

“No miréis atrás y a la vuelta de la esquina salimos disparados” – nos aconsejó Ángel mientras dábamos los primeros pasos. “¿No tenías miedo?” –le preguntamos. “¿Miedo?, ¡no sabía por dónde salir corriendo, pero es que Unicef es mucha Unicef y este no nos iba a estropear el viaje!

3

Ahora quiero mirar atrás, retroceder para recordar que hace justo un año Ángel se despidió de su familia y de su gran Unicef. Y con él se fue una persona especial pero también una forma de comprender la importancia de las relaciones humanas e institucionales.

El contacto personal, los encuentros para compartir una idea, las llamadas para interesarse unas veces por un tema de trabajo y otras por un percance personal o familiar…también el respeto por la representación de su entidad en las más diversas esferas, desde las populares y menos brillantes hasta las más sofisticadas. Formas y maneras de entender un trabajo que parecen encontrarse en fase de contracción para dejar paso a la expansión de nuevas formas; a las relaciones profesionales vía LinkedIn y la gestión de networking en los coffee-breaks de los meetings.

Como no preveo recrearme en la melancolía, quiero mirar al pasado más que para anhelarlo para atesorarlo y sentirme orgulloso, afortunado, por haber conocido y aprendido una forma de gestionar las relaciones institucionales. ¿Verdad, Ángel? Y ahora, si te parece, mientras te acercas a buscar alguna novedad de Jazz en la Fnac, yo iré hacia La Central de Callao y luego quedamos para ir juntos al aeropuerto y compartir los pequeños tesoros que hayamos encontrado. ¿Recuerdas?

P.D. Artículo publicado en el diario La Nueva España, el 14 de enero de 2018.

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