La alumna rusa

Lugares y momentos

Rabia. Impotencia. Vergüenza es lo que siento al releer el correo de una alumna de primer curso. Sentí un aprecio sincero por ella cuando me explicó, a través de Teams, que había llegado a España justo antes del confinamiento.  Al estar finalizando a distancia sus estudios de secundaria en Rusia, apenas había tenido oportunidades para hablar español. En casa, con su madre, hablaba en ruso, y sólo podía mantener conversaciones en castellano con los profesores del idioma. Aunque le gustaría mucho, no conoce a nadie, y lo comprende porque cree que es muy difícil llegar con su edad a un nuevo país; además de verse confinada justo tras la llegada y siguiendo medidas de distanciamiento social.  Pero había pasado más de un año.

El testimonio me afectó y comencé a pensar cómo apoyarla, compartiendo la historia de vida con sus compañeros –muy difícil para ellos empatizar a través de una pantalla-, motivándola para iniciarse en el voluntariado en una entidad social y comenzar a tejer una red de conocidos, y animándola a participar en las clases on-line.

Su esfuerzo era notable. Recuerdo que en las prácticas de Sociología tenían que leer una novela social o un ensayo (siempre les digo que viajando, conversando con gente de todo pelaje y leyendo aprenderán tanto o más que en el aula) y entre el listado que ofrecí –con niveles de dificultad variados-, ella eligió El Gatopardo. Una de las opciones más complejas que había incluido. Tuvo que compaginar la lectura en español con el texto en ruso, pues reconocía con timidez que era muy difícil alcanzar tanto nivel en poco más de un año en nuestro país. Yo la animaba, diciéndole que apenas quedaban unos meses para retomar en septiembre las clases presenciales, en las que podría conocer a gente de su edad. Ella respondía que sí, que eso esperaba, y mientras mantenía una vida social a través de las redes con las amigas de Rusia.

Esperaba conocerla el día del examen final, que sería en el aula, y poder felicitarla en persona por su esfuerzo, pero me envió un mensaje: No podré ir al examen. Me han anulado la matrícula, lo siento.

Se justificaba porque a final de curso, y tras haber realizado el primer cuatrimestre y sus exámenes, tras un año de estudio duro, le notificaron que el bachiller cursado en Rusia no había sido homologado y por ello se rescindía la matrícula en la facultad. Tuve que releer el mensaje con vergüenza. Cargado de rabia. De rabia y de impotencia, que es lo que siento.

2 Comentarios

  1. Cierto que estar en un sistema que desprecia a las personas y las coloca por debajo de la burocracia genera esos sentimientos que El Mirador tiene. Y asco me produce a mí también. Desde luego así no avanzamos, sólo caminamos a la autodestrucción,

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    1. Querido Libreoyente, ya sabes que en ocasiones la burocracia dejar de ser un medio para convertirse en un fin en si misma. Y entonces los “papeles” dejan de ser un trámite para ser EL trámite, todo un fin sobre el que gira una organización.

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