El abuelo

La ejemplaridad en el entorno más próximo

Presumo sin pudor de amigos de todas las edades y condiciones, y muy especialmente de los “decanos”. Entre ellos, dos médicos humanistas que han pasado las siete décadas y son para mí, no sólo buenos amigos y grandes conversadores sino, ante todo, ejemplos de ética y del arte de vivir. Uno es José María Lara Sanz, profesor de Anatomía unos años, estomatólogo muchas décadas y, en el tiempo que aún encontraba, líder de su gremio profesional y de otras iniciativas de la sociedad civil. De Alfonso hablaré en otro momento. 

No recuerdo cuando conocí a José María, quizás hace una década, o quizás más, pero revivo bien en qué contexto. Él era presidente en funciones de Unicef en Castilla y León y yo llevaba pocos años caminando por el mundo del mecenazgo y la acción social. Juntos recorrimos provincias castellano leonesas conociendo a las personas al frente de las delegaciones de la organización. Eran tiempos previos a la racionalización de esas grandes entidades no lucrativas que arrasó con las sedes territoriales y, ante todo, abolió el liderazgo social de estas personas que llevaban con orgullo el mensaje de Unicef por las más olvidadas provincias de nuestro territorio. 

Era un modelo de gestión que vivían –y viven- diferentes entidades, una estrategia que no terminábamos de comprender, defensores ambos como somos del altruismo de proximidad, de consolidar la ejemplaridad en el entorno más cercano antes de salir a escenarios más ambiciosos. 

Su actividad profesional y social se paró, voluntariamente, el día de su jubilación. Como se paran las manecillas de un reloj automático cuando abandonamos el movimiento. Pero no su vocación de servicio, que desde ese momento volcó sin descanso en sus nietos. Tomó la firme decisión de que su conocimiento, experiencia y valores serían un legado en vida para ellos. Unos días en Valladolid, otros en Londres o en Massachussets, y regreso a La Zarza, su cuartel general, siempre sembrando experiencias y aprendizajes en unos niños que hoy avanzan hacia la universidad. 

Quedamos en Valladolid antes de navidades, y sentados en una de las terrazas restaurante del Paseo de Recoletos retomamos la conversación donde la habíamos dejado hace unos años, la última vez que nos vimos. Como ocurre con los buenos amigos. Y hablamos del curioso tránsito de activista de ONG internacional a ONG-agnóstico, del cambio de valores en la sociedad, y por supuesto, de aquellas grandes damas que presidían las delegaciones castellanas y alcanzaban importantes recaudaciones en sus eventos solidarios. Aquellas señoras que los equipos técnicos quisieron borrar silenciosamente, como quien borra con suavidad el trazo de un lápiz y con el lateral de la palma de la mano empuja la “miga de pan” hacia fuera. Y de los eventos solidarios que algunos no quieren recordar, acabamos con Delibes por Valladolid.   

Le pregunté por los WhatsApps que escribía tan extensos, narraciones intensas y llenas de vida. Me dijo que lo hacía para conservar la cultura de su infancia y poder transmitírsela a sus nietos, pero también para compartir reflexiones y recuerdos con el puñado de amigos que recibíamos los mensajes. 

Mi característica necesidad de comunicación me hizo animarle a crear un blog y hacer llegar los textos a quién sabe quién. Lanzarlos a la red como un mensaje dentro de una botella, o quizás hablar con algún medio local para publicarlos. Para eso tan bonito que hoy llamamos divulgación. Pero fue claro: “no, no, no es necesario. Solo quiero escribir y compartirlos con mis nietos y un puñado de amigos. Quizás lo leáis cuatro. Quizás seis. No lo sé, pero, ¿para qué más? Eso no es lo importante”. 

De regreso a casa, al bordear la autopista el Archivo de Simancas, pensé en toda la producción escrita olvidada e invisible. Y recordé las reflexiones sobre su última estancia en Massachussets, que enviaba por WhatsApp mientras disfrutaba del cuidado de dos nietos en casa de una de sus hijas, investigadora en Yale. Pero ante todo recordé aquel mensaje extenso, muy extenso, que había enviado días atrás a los contactos. Y pensé que, aunque no es su ambición lanzarlo al mar digital para que llegue a algún puerto, sí es la mía poder hacerlo –con su venia-, pues estos textos no debieran archivarse en la tierra del olvido. Valga el ejemplo: 

Una aventura del último verano

Lunes, 22 de noviembre de 2021

Como siempre, para quien quiera leerlo. Sin obligación.

De todos mis amigos es sabido el afán que anima mi alma de conquistar la medalla de oro, en ese campeonato inmaterial de convocatoria permanente, para conseguir ser el mejor abuelo del mundo. Para ello, todas las mañanas me levanto con los bártulos aparejados para luchar contra vosotros, mis abuelos amigos, directos competidores  y me acuesto cada día sin lograr  romper un perenne empate; mas a pesar de todo mi ánimo no decae.

Este verano en uno de los múltiples entrenamientos a los que someto mi yo en pos del título; después de enseñarles en las noches solemnes del verano zarceño la disposición de las estrellas en las constelaciones del zodíaco; y después de mostrarles las más frecuentes plantas silvestres, medicinales, del término de La Zarza, y las artes de la pesca fluvial, como lo hacían los más viejos del lugar, en ese Tigris particular que es nuestro Adaja, me propuse como tarea del último verano enseñar a mis nietos, Tomás y Lucas, el arte ancestral de la caza con trampa. 

Les enseñé a ser “tramperos”; viejo “mester ” al uso de nuestros primitivos antepasados. Primero les enseñé las dotes de todo buen trampero, ya sea a cepo, a lazo o con jaula, de entre las cuales las más importantes son la observación y la paciencia; después les enseñé las querencias de los animales: sus sendas, sus aguaderos, sus horas… Y les conté la historia de los zarceños primitivos en el arte de la caza, antes de que a nuestro pueblo llegaran las armas de fuego…; les enseñé, pues, el arte de la supervivencia.

Y llegó el mes de agosto y de la teoría nos propusimos pasar a la práctica; dar el salto de las ideas a la realidad de lo palpable. Fueron días de actividad paciente e ilusionada, en lucha con la impaciencia natural en dos mozalbetes de 14 y 13 años. Mientras los otros sesteaban, Tomás, Lucas y yo, dibujábamos y medíamos con precisión casi matemática la forma y el tamaño de la trampa-jaula; de las de puerta abatible.  Concluida esta tarea, con el dibujo delante, hicimos el escandallo del material necesario para “pasar de las musas al teatro”; y sin decir nada, de mañana temprano, un buen día dirigimos nuestros pasos a la cercana Medina; la capital de Sur de la provincia de Valladolid en busca de bagajes y pertrechos con los que fabricar el proyecto. 

Con todo lo necesario, y la alegría del trío palpable en las maderas, clavos, alambres y cuerdas, en el sotechado del corral de mi abuelo conseguí la primera práctica de paciencia en la confección de tan ansiada arte; pues ellos, los jovencitos, no estaban aún entrenados para saber aliarse con el tiempo y procurar la excelencia de toda obra que les caiga entre manos. Mi trabajo entonces consistió en templar sus ánimos, repartirles tareas y asegurarles que después del esfuerzo tendíamos la recompensa  placentera de ver la presa en su garlito. 

Y así fue, pero no todo dulzura. 

Una mañana del mediado agosto, ellos convencidos del incuestionable éxito, yo rezando para que así fuera, echamos la trampa en el maletero del coche y nos dirigimos a un vivar, previamente explorado, donde la plaga leporina se manifestaba en todo su dañino esplendor y allí pusimos nuestra obra. Estudiamos el lugar más adecuado según los vientos dominantes, los acúmulos de cagarrutas que marcaban la querencia de los animales objeto de nuestro deseos, y pusimos cebo engañoso para atraer  a los animales donde, por supuesto no podía faltar la zanahoria, aunque sólo fuera por dar pábulo a los cuentos… Y  nos fuimos a casa, con el propósito de volver según un tiempo pactado, contra la voluntad impaciente de los aprendices que exigía inmediatez. 

Logre que el pacto se alargara hasta tres horas con la promesa, cumplida, de un paseo en bicicleta. Y pasaron tres horas, y expectantes, convencidos ellos de la seguridad basada en la autoridad cinegética del abuelo, nos dirigimos a la madriguera (yo seguía rezando). Y el santo me escuchó; en el garlito aleaba, pujando por escapar un soberbio ejemplar de conejo macho, seguramente padre de muchas camadas. De la alegría de Tomás y Lucas, sólo para vista y vivida. Y de la emoción del abuelo ni qué hablar. Pero todo nuestro gozo en un pozo, como suele decirse. 

Sacamos, no sin dificultad el machazo de la trampa y les enseñé el golpe de gracia que desde la prehistoria zarceña se aplica a los conejos que el cazador tiene la intención de llevarse a la boca. Cogido por las patas con la mano izquierda (si el cazador es diestro), serenados los forcejeos del animal, con el puño cerrado de la mano derecha se le asesta un certero puñetazo por detrás de las orejas, que viene a ser el sucedáneo del descabello que el torero aplica a su cornúpeta. 

En esas estábamos, ellos gritando de alegría, yo con lágrimas en los ojos; no por la muerte del animal, por supuesto, pues entraba en la experiencia, cuando vimos aproximarse a nosotros un coche de los que ahora llaman “agentes medioambientales”.  Con mucha circunspección, haciendo gala de autoridad, se dirigió a nosotros helándonos la alegría un oficial del cuerpo de forestales. Yo intenté convencerle de la inocuidad de lo nuestro, le puse en antecedentes; le expliqué el carácter didáctico de mi actitud; le dije quien era yo, pues por supuesto en agosto y a poco más de un Kilómetro del pueblo no llevaba documentos; que nada más lejos de mi intención el afán depredador. Me enristró todo tipo de improperios, me dijo que aquello era delito, que estábamos en tiempo de veda y por añadidura yo no tenía licencia; que vaya un ejemplo que estaba dando a mis nietos enseñándoles a delinquir.

Por el mal ejemplo que podría dar a mis nietos y el temor de que aquel energúmeno investido de autoridad y con la voluntad misma ofendida pudiera conducirme al cuartel, me abstuve de decirle todo lo que pensaba. Podéis imaginaros cómo estaba mi alma. Aquel mal guardia me pidió los datos de identificación, que apunto en una libreta a lápiz y se llevó el conejo y la trampa. Los niños con su lógica impecable no entendían nada. Y a mí me hervía la sangre de la impotencia. Después de media hora larga intentando convencer a aquel merluzo de lo improcedente de su actuación volvimos a casa, con el rabo entre las piernas y en mi alma una sensación horrible que atenazaba todo mi ser, en la que dominaba un sentimiento de humillación (el derrumbe de mi pretendida imagen sagrada ante mis nietos que tenía visos de marcar un antes y un después en el aprecio al sabio y todo poderoso abuelo).

Los pocos restos de mi natural orgullo no dieron para más que para confabularnos en el secreto; para no decir nada de aquella fracasada aventura a nadie. Lo cierto es que hasta hoy, contra lo esperado, no he vuelto a tener noticias por vía oficial de tan desagradable incidente. Probablemente alguien más inteligente que aquel lerdo; con más sentido de la epiqueya, se daría cuenta en las alturas administrativas de que un viejo con dos de sus nietos en aquellas andanzas no merecía el castigo que la ley preveía.

Fuente: https://www.odontologosdehoy.com/espacio-literario-jose-maria-lara-sanz/

Un orgullo de amistad, D. José María. 

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